Colombiano Nery Chalare y ecuatoriana Viviana Díaz calientan con salsa la primavera de Montreal.

Los salseros entibian la noche del viernes como antesala a la rumba del sábado. Sobre la pista de baile, cinco parejas se mueven al compás de su maestro, el colombiano Nery Chalare. Habíamos visto antes a Nery encabezando una tropa salsera en el centro de Montreal. Era agosto. El verano en su cumbre se hacía tremendo fogón y la gente pedía agua, pero Nery les daba fuego. El gentío sudoroso repetía en masa los pasos de Nery, que soltaba rítmicos y veloces giros en puntas de pie como si le quemara el suelo. Y lo que en verdad le quemaba era la candela que se le enciende cuando escucha un son, una guaracha, un guaguancó: “Yo vine de Cali hace cuatro años y cuando puedo me voy para allá. ¡Extraño mi tierra!”

En Colombia, Nery jugaba en las juveniles del equipo América de Cali y la cosa prometía hasta que el destino, vestido de lesión grave, le dijo que no. Ya instalado en Montreal insistió con lo del fútbol y la lesión resurgió. Así que se enrumbó hacia la electrónica metalúrgica (que hoy estudia) aunque sin dejar de bailar en las discotecas y festivales porque esa danza le recordaba a su Cali natal, capital mundial de la salsa. “Yo no sé cómo podía bailar con esa lesión en los ligamentos, por eso le doy gracias a Dios”, confiesa Nery. Y en las noches y en las tardes de sol, los curiosos le repetían: qué bien bailas, ¿dónde aprendiste? ¿Das clases?

Nery afinó lo que aprendió en Cali en una academia de Montreal, y desde hace unos meses decidió dar talleres de baile en “Salseña”, la academia que fundó y que con su método minucioso quizá le haga el milagro hasta al terror de las fiestas: el abominable hombre de los pies izquierdos. “Todos pueden aprender a bailar”, afirma Nery sin dudarlo. Y aunque nosotros sí dudamos, una mujer joven que está sentada a su lado nos cuenta su historia para convencernos. Su nombre es Viviana Díaz, es ecuatoriana y pareja de baile de Nery desde noviembre. Se conocieron en una escuela de ritmos latinos de la ciudad. Ella no sabía nada de la salsa y todo lo aprendió en Montreal. Viviana es la prueba de que cada uno viene al mundo con cuotas de swing y de que es posible aprender sin rogarle a un santo cubano. Ahora ambos brindan los talleres en “Salseña”: “Uno puede saber mucho, pero si no eres carismático para llegar al público, si no tienes cierto encanto, no puedes dar clases de nada”, sentencia Viviana que llegó a Canadá hace nueve años y que hoy trabaja en lo que más le gusta: la atención al cliente, así es que algo sabe de tener paciencia y de caerle bien a la gente.

Han culminado las clases de esta noche. Hay contentamiento y satisfacción entre los alumnos. Tras mil repeticiones por fin afloró sin esfuerzo ese paso difícil de redondear. Triunfo total para los que no sabemos rumbear. Y ha quedado tanta energía en el silencio del salón que Nery no deja que se vaya y pone la última salsa para acabar. Invita a Viviana a la pista y bailan otra vez sin titubear, como si lo hubieran hecho siempre.

Échale salsita. ¿Qué es la salsa?

 Cuando al timbalero mayor Tito Puente le preguntaban qué pensaba sobre la salsa, él respondía: “salsa no es un término musical. La salsa se come: hay salsa picante, salsa para los tallarines. No se ve, no se escucha, no se baila, pero de ese modo le llaman al mambo, al chachachá, a la guaracha, es una mezcla de todo”. A Rubén Blades también se lo preguntaron una vez y afirmó que la salsa era un nombre comercial: “es un título que se le ha dado a la música que tocábamos, pero eso es música cubana”. Otra autoridad musical, el inquieto anacobero Daniel Santos, dijo que la salsa proviene de la guaracha, del son, del guaguancó, que era música que ya se tocaba desde los años 40 del siglo XX. “De ahí salió la salsa porque muchos cubanos y puertorriqueños músicos emigramos a Nueva York y la cosa comenzó”. Así hablaron los que saben.

Una versión cuenta que fue en Venezuela donde se usó por primera vez el nombre. Sucedió a fines de los años 60, cuando un locutor radial que entrevistaba al pianista Ricardo Maldonado (más conocido como Richie Ray) le preguntó qué era lo que su orquesta tocaba: “Hacemos las cosas con sabor, como el kétchup, que le da sabor a la comida”, respondió Richie. “¿Qué es eso del kétchup?”. “Bueno, es una salsa que se usa para darle sabor a la hamburguesa”, explicó el gran pianista. “Ah, lo que ustedes tocan es salsa, pues vamos a escuchar la salsa de Richie Ray y Bobby Cruz”. El uso del término se consolidó con la creación de Fania Records, cuya orquesta, Fania All Stars, popularizó el nombre comercial “salsa”, que ya se utilizaba años antes de 1970 para designar de cierto modo a la música hecha por los latinos afincados en Nueva York. Poco tiempo después, variantes de la llamada salsa y nuevos intérpretes surgieron en Colombia, Puerto Rico y otras perlas del Caribe. Ya sea un movimiento cultural, un simple término comercial o una sumatoria de géneros de raíces cubanas, la salsa es uno de los indiscutibles sellos de los latinoamericanos.

Por: Carlos Bracamonte

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